cloudmakers



Hacemos nubes.
Pensando que son mullidas y acogedoras. Sin saber qué motivos nos impulsan. Pensando que las podemos inventar formas y pedir deseos. Creyendo, ilusamente, que las podremos controlar después.

Hacemos nubes.
Como si no fueran suficientes con las que el planeta traía de serie. Sin saber que se mueven y se respiran. Como si fuera necesario crear tantas como nos es posible. Creyendo, ilusamente, que no habrá un mañana.

Hacemos nubes.
Pero no para el firmamento —demasiado comunitario, es decir, comunista— sino para venderlas en botellitas de cristal a los niños malcriados de los padres más snob. Las fabricamos para enajenarlas, transformarlas, encarecerlas, transportarlas, mercadearlas, revenderlas, fluctuarlas, cotizarlas, especularlas, mejorarlas, innovarlas, obsolescerlas y vuelta a empezar, todo ello para poder retroalimentar la necesidad infinita de nuestra insatisfacción crónica por los objetos y «¡Mira papá! Cae mini-lluvia de la mini-nube dentro de la botella» pero igualmente…

Hacemos nubes.
Incluso con yoduro de plata, jugando a ser dioses, como en todo lo demás hasta que por fin.

Dejemos de hacer nubes.
Para empezar a hacer el amor.
A nivel de especie.

De una puta vez.