ritual




Normalmente me suelen dar pena las cosas domesticadas: la abrupta y peligrosa naturaleza convertida en urbanos parques que revalorizan las cajas de hormigón y ladrillo donde creemos vivir; las cíclicas (si bien no menos caprichosas) variaciones de tiempo son ahora una mera transacción. Pero el fuego es diferente. Parece amaestrado, así embutido en cómodos cilindros de cera de colores, olores y sabores variopintos y, finalmente, plantados en la mesa de cualquier cafetín de una ciudad, como por ejemplo la tuya. No lo esta. El fuego esconde aún su naturaleza violenta y primitiva, y lo que es más: es capaz de llevarnos hasta las representaciones más ancestrales de nosotros mismos y hacernos recordar aunque sea por un instante (entre dos sorbos de café o dos caladas de un cigarrillo) el espíritu de supervivencia o los instintos y pasiones más arraigados en nuestra especie. Vive el fuego allá donde lo tengas, puede que sea lo único que nos permite conocer lo que hemos dejado atrás.

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