luz de piña



Me pides que te pida un zumo de piña y reparo en lo acertado de la decisión, sentados como estamos al lado de una lamparita que da luz de piña. Es tropical y cándida; viva y frágil al mismo tiempo; pálida como las almas cuando van a acostarse en la bruma semisólida que creen su lecho.


Te tapas los ojos, pero en realidad soy yo quien no ve nada; o mejor pensado... sólo los retazos intermitentes que hay entre dos flashazos de mi cámara. No me ves, o no te veo, o es que quizás ya estamos todos ciegos y nuestro único vehículo para conocer el mundo son las representaciones de la realidad que nos ofrecen a todas horas. Lo ignoro.


Sonreír. Pienso en lo aprendido de ese humano mecanismo que puede fingirse ante un objetivo, o quizás no, seguramente este diciendo cualquier tontería con la esperanza de capturar el momento exacto en que lo haces. Parece que aún puedo hacer sonreír a alguien, no lo se, recuerda que ya no veo nada.


También esto es un ritual, el de las cajas que contienen piña, el de las cajas que contienen mecánicos ingenios que nos permiten recordarlo, el de los momentos intrascendentes que sin embargo tanto parecen aliviar las existencias. Es increíble lo poco que necesitamos para abstraernos de todos las latas que vamos arrastrando a nuestro paso.


Finalmente parece que es momento ya de trocar esta luz de piña por la luz de realidad de las farolas y el cemento frío de las aceras. Dentro de un instante deseare que la ciudad entera estalle en una aureola de vida, que deje de resignarse a lo cotidiano y lo convencionalmente pactado mientras yo mismo comienzo a conformarme con la nada que me toca vivir de vez en cuando; pero ahora no, aún no: me queda el último sorbo de luz de piña y notar el regusto tropical diluyéndose en mi paladar.

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