cloudmakers



Hacemos nubes.
Pensando que son mullidas y acogedoras. Sin saber qué motivos nos impulsan. Pensando que las podemos inventar formas y pedir deseos. Creyendo, ilusamente, que las podremos controlar después.

Hacemos nubes.
Como si no fueran suficientes con las que el planeta traía de serie. Sin saber que se mueven y se respiran. Como si fuera necesario crear tantas como nos es posible. Creyendo, ilusamente, que no habrá un mañana.

Hacemos nubes.
Pero no para el firmamento —demasiado comunitario, es decir, comunista— sino para venderlas en botellitas de cristal a los niños malcriados de los padres más snob. Las fabricamos para enajenarlas, transformarlas, encarecerlas, transportarlas, mercadearlas, revenderlas, fluctuarlas, cotizarlas, especularlas, mejorarlas, innovarlas, obsolescerlas y vuelta a empezar, todo ello para poder retroalimentar la necesidad infinita de nuestra insatisfacción crónica por los objetos y «¡Mira papá! Cae mini-lluvia de la mini-nube dentro de la botella» pero igualmente…

Hacemos nubes.
Incluso con yoduro de plata, jugando a ser dioses, como en todo lo demás hasta que por fin.

Dejemos de hacer nubes.
Para empezar a hacer el amor.
A nivel de especie.

De una puta vez.

Escombrera City



Siempre queda algo más que decir. Casi siempre, al menos.

duelo de blancos


«Quiero hacer contigo
lo que la primavera hace con los cerezos»
(Pablo Neruda. Poema XIV. Veinte poemas de amor y una canción desesperada)

Nieve y flor. Compitiendo por un mismo blanco. Pero sin competir. Compitiendo hacia dentro, digamos. Querer ser más blanco. No más que el otro, en plan: "¡He ganado! ¡He ganado! ¡Chincha, rabiña!". No. Así no. Serlo para el otro. Porque al blanco le gusta el blanco. Para gustarle más a la nieve. Para ser gustada aún más por la flor. Como una estrella en turno de día. Y una jornada laboral eterna. No eterna de "se me hace eterna". No. Así no. Eterna como el fluir de la Fuente del Universo.

Y con este poema; tratar de sacudir el tronco del árbol de las estrellas. Tratar de capturarte en tu caer. Navegar a oscuras por el charco, siendo nosotros la Luz. Porque eres mi cerezo preferido. Porque te pones tan guapa cada vez que sonríes, porque…

…quiero hacer contigo lo que Neruda hace con la poesía…
(Y tantas otras cosas. Y tantas, tantas veces)

y todo lo demás también



En mi habitación ya sólo existen dos estaciones.
Pero, lo peor, es que me sobra una.

C'est Paris!



―No se que hacer. Quería regalarle a mi novia un viaje a París, ya sabes, un hostalito decente, visita turística, quizás una entrada para algún espectáculo... todo eso.
―Bien, me parece muy bonito. ¿Cual es el problema?
―¿El problema? Pues que quería que fuera una sorpresa, y tiene una agenda apretada y cosas que no sabe si van a salir o no... no me gusta nada planificar, pero es que en cosas así es imprescindible y es una putada... imagínate que lo cojo todo para unas determinadas fechas y luego me dice que es completamente imposible que pueda ir.
―Ah, pues no pasa nada; si ocurre eso me llevas a mí.
―Joder, entiéndeme, no es lo mismo. Después de visitar un largo día la ciudad de la luz, una cena cara-romántica a la luz de las velas y tal parece imprescindible que al llegar a la habitación haya sexo salvaje y desenfrenado.
―Bueno… ¡Es París!